sábado, 22 de enero de 2011

El Lobo

Sí, señor juez, conozco a Caperucita prácticamente desde que nació. Son muchas horas las que uno pasa espiando cada rincón del bosque porque de eso depende que el estómago se caliente o no.
Ella y su madre viven donde termina el pueblo y comienza el robledal y tienen una bonita casa que compraron con la indemnización que cobraron al morir atropellado el padre de la niña.
Porque la niña tenía un padre, un padre borrachín que no aparece en los cuentos de la gente de bien.
 Una noche volvía de la cantina a casa, a dormir la mona y otro conductor, tan borracho como él, se lo llevó por delante. No es de extrañar, que en la declaración de su mujer ante su señoría,  no le nombre; el cuento no resultaría bonito ni edificante.
De su madre solo puedo contar que abre la puerta trasera de la casa al cazador, los sábados por la tarde, cuando manda a Caperucita a llevar una cesta con comida a la abuela.
Cuando vi a Caperucita me extrañó que una niña de tan corta edad anduviera sola por aquella parte del bosque. Me consta que su madre la envía a la casa de su abuela, por la carretera que bordea el bosque hasta la aldea vecina.
Pero no fui yo quien la engañó para que cruzase por el medio del bosque, esa niña es una desobediente y una repipi, por más que su madre piense que es un ángel. Su madre no la ve cuando pega a otras niñas, está muy ocupada apareándose con el cazador.
Yo había salido a buscarme la vida, como un honrado espécimen de mi especie, y tenía hambre, mucha hambre, señor juez.
Yo sé que la gente que cuenta cuentos a sus hijos en una cama bonita y después de haber cenado bien, y que mañana leerá en los periódicos la sentencia que me condene, no tiene ni idea ni interés por saber cuánto pesa un estómago vacío.
El caso, señoría, es que el hambre le quita a uno la posibilidad de ser honrado y en mi caso va a terminar quitándome la libertad.
Espié a Caperucita entre las jaras, después entre los robles y decidí por fin abordarla.
Cuando iba a atacarla me entró el pánico escénico y recordé de qué son capaces los humanos cuando aplican su justicia a tipos como yo. Así que la pregunté para disimular:
-Caperucita ¿A dónde vas tan solita por el bosque?
- Voy a llevar a mi abuelita esta cestita con una torta, un pastel y una jarrita de miel
¡Hay que joderse! Perdón, señor juez pero es que se necesita ser cursi para contestar tamaña tontería.
Para fastidiar pude convencerla de que diera un rodeo, está claro que la tonta no conoce el bosque.
El instinto, que es eso que a uno empuja, me decía que me llegase corriendo a casa de su abuela, podría comer los restos de comida de la basura de la vieja.
La abuela vivía en el otro extremo del bosque. A pesar de su avanzada edad no quería ir a vivir con su hija y nieta, prefería que se tomaran el trabajo de ir a asistirla y además podía lamentarse del poco caso que la hacían, para que se sintieran culpables.
Pero cuando estaba revolviendo en el cubo, apareció Caperucita, venía corriendo la condenada.
Otra vez el pánico, señor juez, entré corriendo en la casa, la vieja se asustó y comenzó a gritar como una loca. Tuve que encerrarla en el armario, me puse un camisón que encontré a mano y corrí a meterme en la cama.
No debí de cerrar bien la puerta y la vieja aprovechó para telefonear a casa de su hija.
Caperucita llamó a la puerta y yo, aflautando la voz, la grité:
-Pasa, la puerta no está trancada.
Cuando entró no me dio ni un beso, cosa que agradezco.
No dio tiempo a que dijese aquello de: Abuelita, que ojos más grandes tienes. El que escribió el cuento era tonto o pensaba que lo son los niños. Ninguna niña, ni siquiera Caperucita se tragaría que yo era su abuela, lo que ocurre es que yo estaba de espaldas y tapado hasta las orejas y ella pensó que su abuela estaba enferma y enfadada.
No dio tiempo para mucha conversación, llegó el cazador armado hasta los dientes y me encañonó. Yo solo acerté a salir corriendo y encerrarme en el cobertizo donde me atraparon poco después.
Lo demás carece de interés, ni colorín, ni colorado. Agradezco la oportunidad que su señoría me da de alegar en mi defensa y le pido que considere si es justo que ante una madre irresponsable, una hija desobediente y una abuela terca como una mula, vaya a terminar en un zoológico el único que hizo lo que tenía que hacer.

1 comentario:

  1. Ni presunción de inocencia ni ná, los pringaos son eso, pringaos

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